BIBLIOTECA JANERIANA
VIDA ANA MARIA JANER
PAPA FRANCISCO

Biografía

HUELLAS DE LA MISERICORDIA DE DIOS EN UN MUNDO HERIDO

 

Hay cosas que dejan huellas profundas en nuestras vidas… personas, momentos, situaciones y acontecimientos. Con el paso del tiempo podemos mirar esas huellas y a través de ellas recordar, volver a revivir en nuestro corazón el dolor, el gozo, la alegría de aquellos instantes que quedaron guardados para siempre.

En cada momento histórico podemos hallar huellas profundas de dolor y de gozo, huellas del paso de Dios por la historia. En cada época el Señor ha dado respuesta a las necesidades de los hombres de diferentes maneras, sirviéndose de distintos instrumentos. Dios no es un Dios ajeno al dolor y al sufrimiento del hombre, sino un Dios que ha querido hacerse Él también frágil y pobre como nosotros, y experimentar en su propia carne el sufrimiento y desde allí salvarnos.

Seguramente muchas veces te has preguntado por la realidad del mal en el mundo… ¿Por qué el dolor, la guerra, el hambre? ¿Por qué tantas vidas deshechas, sin sentido, sin horizontes? ¿Dónde está Dios en esta realidad que tanto nos duele? Y muchas veces habrás encontrado estas respuestas dentro de tu propio corazón, allí donde se juega la gran batalla “entre el bien y el mal” que hay en cada uno de nosotros. Allí Jesús puede regalarte la victoria, si lo dejas obrar en ti.

Si aprendes a descubrir los signos de la vida en medio de la muerte… en las pequeñas cosas, en los pequeños gestos de amor, en una mano tendida, en un oído atento a las necesidades… Allí encontrarás las huellas de Dios. Huellas del Dios de la Vida y del Amor… Así obra Dios en tu vida y en tu historia. Y los santos son también esas huellas que Dios va dejando para ayudarte a llegar a Él, siempre y en todo momento. Ana María Janer. Huellas de una vida entregada al servicio de Dios y de los demás, huellas de una vida entregada en el amor a todos sin distinción, huellas de un Dios que ha querido hacerse cercano a nosotros a través de una mujer que se animó a vivir en fidelidad el milagro de la misericordia de Dios en un mundo herido…

Hoy, en el siglo XXI, nuevas heridas afectan a la humanidad, pero Dios continúa llamándonos a trabajar por la vida en medio de una cultura de la muerte, viviendo un carisma cuyo centro y sentido es el amor.

LA MIRADA DEL CORAZÓN

 

Ana María Janer Anglarill nació el 18 de diciembre de 1800 en un pequeño pueblito de España llamado Cervera. El siglo XIX en Europa era una época bastante agitada, luego de la Revolución Francesa, con muchos enfrentamientos y luchas de poder. En España también era una época difícil… como en nuestro tiempo, en el tiempo de Ana María se percibía el anhelo de las huellas del amor de Dios en el mundo herido por la violencia y la falta de amor. Ana María nació en un hogar cristiano, y fue la tercera de los cinco hijos de Magina Anglarill y José Janer. Fue bautizada al día siguiente de su nacimiento en la Iglesia de Santa María de Cervera. Recibió la educación en el Real Colegio de Educandas, y durante su etapa escolar mucho tiempo estuvieron enseñando en el colegio las Hermanas del Hospital de la ciudad. Desde muy pequeña no dudaba en sacrificar sus tiempos de juego para hacer compañía a un amiguito enfermo, José Huguet, quien se alegraba mucho cuando ella lo visitaba. Desde entonces ella aprendía a mirar con los ojos del corazón a todos sus hermanos, especialmente a los más necesitados, y descubría en ellos el mismo rostro de Jesús a quien amaba. A los 16 años, Ana María Janer había entendido que nuestro Señor la quería Hermana de la Caridad… Ana María observó, con los ojos del alma, las actitudes, las manos estropeadas por el trabajo y el amor que movía el corazón de las Hermanas de la Caridad… Ella había entendido, ya desde su infancia, el amor de Dios y tuvo de Él una constante y fuerte experiencia. Se sabía amada de Dios y de cuantos la rodeaban. Este doble amor era para ella como el don de un único amor y una íntima llamada a devolver amor por amor… Proyecto de una vida que eligió entregarse a Dios en la persona de los hermanos. Vida que encuentra sentido únicamente desde el amor, desde la mirada del corazón que penetra el misterio de Dios presente en cada hombre, especialmente en aquellos que más sufren.

SERVIDORA DE LA CARIDAD

 

El 25 de enero de 1819 entraba Ana María, con gozo de su alma y de sus padres, en el Hospital de Cervera, llamado de Castelltort. Decía la regla del santo Hospital: “Cuidarán de ayudar, servir a los enfermos y consolarlos procurando mirar en ellos la misma persona del Señor…” Durante los años siguientes se vivieron situaciones muy duras en España: la fiebre amarilla, epidemias, disturbios y desestabilización económica, saqueos e incendios por las luchas entre liberales y carlistas que finalmente desembocaron en una guerra civil. En el año 1835 se comenzaron a incendiar los conventos y a perseguir a los religiosos, a quienes se les prohibió vivir en comunidad. Pero las hermanas se propusieron salvar su vocación. Las echaron del Hospital pero continuaron comunicadas y prestando sus servicios de caridad solidaria. “El año 1836 debió ser un año de intensa oración para Ana María que había sido echada del Hospital…” Ana María podía esperar en casa de sus padres que llegaran mejores tiempos. Pero ella, urgida por su vocación, quiso seguir ayudando, haciendo el bien. Durante el curso 1836-1837 dio clases en el Real Colegio de Educandas de la calle Mayor, sin dejar de velar por las hermanas dispersas de quienes era ella responsable, en su calidad de superiora.

 

HEROÍNA DE LA CARIDAD

 

No es fácil apostar por la vida en medio de la realidad cotidiana de la muerte que se vive en tiempos de guerra. Ana María y sus compañeras así quisieron hacerlo y a pesar de los peligros que esto significaba aceptaron la propuesta que el mismo Carlos de Borbón les hizo de atender a los soldados heridos en hospitales de campaña. Eran muy precarias las instalaciones con que contaban. Primero en Solsona, donde atendían a innumerables heridos de recientes batallas en hospitales improvisados en algún convento o en la misma calle. Luego, a partir de julio de 1838 hasta el 4 de julio de 1840 residieron normalmente en la Vall d’Ora y en la Boixadera, donde se habilitaron unas masías como hospitales de sangre.

“La Madre Ana María y sus compañeras encontraban su delicia en las pequeñas grandes cosas: en las visitas a los enfermos, las curas, la higiene, la vigilancia de las dietas, la muda de ropa, y otros mil detalles. Así lo comportaba la atención a los enfermos, a los convalecientes y moribundos. La amorosa consigna era: “Que no falte nada a nadie”. O esta otra: “Que todos sean ayudados y consolados”.

Madre Ana María, superiora de la comunidad, normalmente residía en la Vall D´Ora pero visitaba los otros hospitales ya que era encargada de distribuir el personal, según las necesidades diarias, y debía prever los servicios, de acuerdo con las órdenes de sus superiores. A veces iba a los campamentos e incluso a los lugares donde se luchaba… En el mismo frente. Intrépida, llevaba allí el rancho ya que los soldados no podían abandonar, sin peligro, sus posiciones. Y cuanto ella hacía, lo hacían también las otras hermanas… Ellas recogían y atendían a los heridos y, si era necesario, les ayudaban a bien morir…

Una de ellas, María Antonia Fages, murió a los 27 años como víctima del agotamiento en el campamento de Vall D´Ora.

 

EN EL EXILIO…

 

Al finalizar la guerra en 1840, las hermanas fueron desterradas. Los liberales ganaron la guerra civil, y por lo tanto, aunque ellas no habían participado por ideologías políticas o partidarias, y habían prestado sus servicios a los dos bandos, debieron marchar al exilio. Fueron a Francia, a Toulouse, donde las recibieron las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul en el Hospital de San José de la Grave.

El grupo de las cuatro hermanas de la Caridad, con Ana María como superiora, salieron de Andorra en otoño de 1840… En el Hospital de la Grave ayudaban a los refugiados españoles con sus palabras de consuelo y colaborando en las tómbolas organizadas por el arzobispado de Tolouse para recaudar fondos en su favor.

 

EL HOGAR DE LA MISERICORDIA

 

Al volver del Exilio, en el año 1844, una vez que autorizaron el regreso de los expatriados a España, Ana María vuelve al Hospital y se reúne nuevamente con sus hermanas. Unos años más tarde, en febrero de 1849, la madre Janer se hizo cargo de la Casa de caridad o de Misericordia de Cervera, y allí se dedicó generosamente a la educación y cuidado de niños y jóvenes huérfanos y pobres, y fue para ellos una madre cariñosa, procurando que no les faltara nunca pan e instrucción y, sobre todo, el afecto y el cariño familiar.

En la Real casa de Misericordia, la Madre Janer dio constantemente pruebas del espíritu de caridad y amor tierno a los asilados, con los incesantes desvelos sobre sus necesidades que socorría con amor maternal sin excusar sacrificio. Sobre los cuidados que le inspiraban sus dolencias físicas, tenía superior interés por la formación del hombre moral y el desarrollo de su inteligencia: así que la Madre era estimada por todos por sus cualidades de educadora.

 

UN LLAMADO: LA VOZ DE DIOS

 

Corría el año 1858. El Hospital de Seo de Urgel, una ciudad cercana a Cervera, necesitaba ayuda urgente. El Obispo de Urgel, José Caixal, que conocía la heroica caridad de la Madre Ana María en el campo de batalla durante la guerra carlista, le pide que se haga cargo del Hospital.

La Madre responde a su llamada y el 29 de junio de 1859 se establece allí una pequeña comunidad.

El 24 de abril de 1860 el Obispo concede la aprobación diocesana a la Regla de vida que le presentó la Madre Janer a su llegada a la ciudad. La Providencia depara las primeras novicias y el Instituto nace para la Iglesia. Los diez primeros años en la vida del Instituto fueron de mucho crecimiento y vida: nuevas vocaciones y fundaciones en ciudades de Cataluña. Dios bendecía la obra de la Madre Janer.

Hospital Antiguo de Seo de Urgel 1859

TIEMPOS DE PRUEBA

 

La revolución del año 1868 y los sucesos de los años siguientes paralizaron este dinamismo. Llegaron horas de dura prueba, horas arduas, para la Madre Janer y para las hermanas que vivían en L’Alt Urgell. Por disposición de la Junta local y de las autoridades correspondientes, el Hospital, las escuelas rurales que regentaban y el noviciado fueron secularizados y las hermanas despedidas. Se encontraron sin casa, sin trabajo, con recursos escasos, en gran inseguridad, ante un incierto futuro. El Obispo Caixal estaba exiliado en Roma en esta época y había dejado el Instituto a cargo de otras personas que él consideraba podían llevarlo adelante.

Durante este período la madre fundadora, Ana María Janer, permaneció al margen de toda actividad de gobierno y no tenía facultad alguna de decisión. Comprendió muy pronto que se trataba de crear una obra nueva y diferente. Ella siguió con la confianza puesta en el Señor. Estuvo algún tiempo en Cervera y de allí pasó a la Casa Asilo de Sant Andreu, donde residió habitualmente. Se ocupaba de servir a los pobres, y dedicaba mucho tiempo a la oración.

El amor estable, paciente, fiel y misericordioso, lleva a Ana María a hacerse cargo de las debilidades humanas y a soportar las contrariedades de la vida, con tal de conducir a sus hermanos al Señor.

Ella decía: “Amen los desprecios, sin buscarlos ni pretenderlos, sino tomándolos del modo que vengan, por amor a Jesús.” Es este un signo de la madurez de un amor que ha pasado por innumerables pruebas.

En Ana María el amor se expresa como abandono confiado en manos de la Providencia y de la voluntad divina. “Dejen hacer a Dios que sabe todas las cosas”, nos dice. Y ella lo practicó en este tiempo. Confió y esperó que amanecieran tiempos mejores. Una vez superado el tiempo de crisis Ana María Janer es elegida Superiora General del Instituto de Hermanas de la Sagrada Familia de Urgell. Ya tenía cerca de los 80 años…

ÚLTIMOS AÑOS

 

En el año 1883, la Madre Janer terminaba el tiempo de elección… Esta Madre conservaba toda la lucidez de entendimiento y su memoria era feliz. “Conservaba íntegras sus facultades mentales, y se dedicó de una manera especial a la oración y al trato con la gente joven que había en la casa de Talarn: novicias y colegialas. Ellas recordarán más tarde las ‘amables y alegres veladas de Talarn’…”.

“…el año 1884, estaba algo más decaída, pero siempre sus labios se abrían con provecho espiritual del prójimo y siempre presente a los actos de Comunidad. Pobre Madre, se encogía a la fuerza de la tirantez de sus nervios, mas su entendimiento conservaba el brillo de la edad madura, en la que está sentada la experiencia y reluce también la discreción, las ideas gozan de serenidad y salen ordenadas…”

1885, 11 de enero.

“…su última noche se manifestó por vivos dolores, mas parecía que no los sufría; tanto sabía disimular la monja sufrida… Eran altas horas de la noche y la piadosa enferma dijo: … ”Padre, mi deseo es morir como penitente por amor a Cristo Jesús que por mí expiró clavado en Cruz…” La enferma advirtió que una se había quedado, y era la que de pocos días había perdido a su madre.

La tomó de la mano y su corazón maternal le dio prueba de cariño; la apretó entre sus manos por tres veces y otras tantas le dijo: ‘Fill meu’ (que significa: Hija mía); la hermana comenzó a llorar, y esta fue la expresión de su filial terneza y gratitud a su segunda Madre… “A las 11 de la mañana del 11 de enero, mientras las Hermanas rezaban la décima estación del Vía Crucis, la Madre Ana María Janer muere.

Ella que vivió con la esperanza puesta en Dios, seguramente escuchó de su Señor la invitación: “Entra, porque estuve enfermo y me socorriste; entra, porque tu lámpara siempre ardió”. En esta vida entregada Dios ha dejado una huella de su infinito amor por los hombres, por cada hombre, incluso el más débil y marginado…

En la vida de nuestra Madre encontramos la huella de la misericordia de Dios en un mundo herido, en los corazones heridos de tantas personas que se acercaron a ella y pudieron conocer de cerca su vida de santidad.