BIBLIOTECA JANERIANA
VIDA ANA MARIA JANER
PAPA FRANCISCO

Formación 2017

Se cierra un año de gracia: el Jubileo de la Misericordia. Un tiempo donde “Hemos sido tratados con Misericordia”.

Y hoy se abre ante nosotros un tiempo nuevo: estamos invitados  a ponernos en camino hacia el XXIV Capítulo General, tiempo de gracia y renovación en el Espíritu del Señor que a través del Carisma de Ana María nos invita a SALIR, a entregar misericordia, a cumplir las palabras de Jesús: “Ve y haz tú lo mismo”. (Cfr. Lc, 10, 37)

Para vivir con profundidad este momento de gracia proponemos hacer vida el LOGO y el LEMA  que iluminó el Encuentro de Pastoral del mes de Julio:

MISERICORDIOSOS PARA AMAR Y SERVIR MÁS. EN COMUNIÓN ¡SALGAMOS!

En este LOGO encontramos expresado todo un proyecto de vida que como familia janeriana queremos vivir. Y nos hacemos eco de lo que la Iglesia por medio de las palabras del Papa Francisco nos pide hoy: Salir a las periferias geográficas y existenciales.

Somos enviados por el Señor “a esta sociedad, a esta cultura. Él nos envía e impulsa a llevar el bálsamo de «su» presencia. Nos envía con un solo programa: tratarnos con misericordia.”[1]

En el logo se ha querido expresar lo siguiente:

Subirnos a la barca de Pedro e ir a las periferias: nuestro mundo.

La decisión de subirnos a esta barca nos cuestiona profundamente y nos lleva a preguntarnos con una actitud de contemplación, discernimiento y disponibilidad: ¿Cuáles son las periferias de hoy? ¿Cómo nos pide Jesús que salgamos?

Con la confianza y la CARIDAD SIN FRONTERAS de Ana María, proponer y soñar nuevas respuestas de misericordia.

Son tres signos que nos invitan a vivir y profundizar este nuevo tiempo: El MUNDO que espera, la BARCA de Pedro como la fuerza de una Iglesia EN SALIDA hacia las periferias de los hombres y, la CONFIANZA y la CARIDAD de Ana María que orienta nuestra respuesta.

[1] Mensaje del Papa Francisco – Jubileo Continental de la Misericordia, Bogotá, agosto 2016.

Ana María supo mirar la realidad de su tiempo y fue capaz de dar una respuesta, este es el núcleo de su carisma: la experiencia del Verbo encarnado, presente en todos los necesitados de su tiempo.

Hoy estamos desafiados a contemplar nuestro mundo herido: por el miedo y la desesperación, la alegría que se apaga, la falta de respeto y la violencia, y la inequidad, intentando dar también una respuesta. “No solamente el ambiente natural está herido por nuestro comportamiento irresponsable. También el ambiente social tiene sus heridas. Pero todas ella se deben en el fondo al mismo mal, por lo cual la libertad humana no tiene límites.”[1]

La globalización implacable y la intensa urbanización, a menudo salvajes, prometían mucho. Muchos se han enamorado de sus posibilidades, y en ellas hay algo realmente positivo, como por ejemplo, la disminución de las distancias, el acercamiento entre las personas y culturas, la difusión de la información y los servicios. 

Pero, por otro lado, muchos vivencian sus efectos negativos sin darse cuenta de cómo ellos comprometen su visión del hombre y del mundo, generando más desorientación y un vacío que no logran explicar. Algunos de estos efectos son la confusión del sentido de la vida, la desintegración personal, la pérdida de la experiencia de pertenecer a un “nido”, la falta de hogar y vínculos profundos.

A este mundo herido, Jesús lo abraza con su cruz, signo de entrega y amor sin límites. No se permite dejar a nadie afuera, logrando que todos se sientan amados y perdonados por el Padre. Nos dice el Papa Francisco:

El Dios hecho hombre se deja conmover por la miseria humana, por nuestra necesidad, por nuestro sufrimiento. Es parecido al amor de un padre y de una madre que se conmueven en lo más hondo por su propio hijo, es un amor visceral. Dios nos ama de este modo con compasión y misericordia. Jesús no mira la realidad desde afuera, sin dejarse arañar, como si sacara una fotografía. Se deja implicar. De esta compasión necesitamos hoy para vencer la globalización de la indiferencia. De esta mirada necesitamos, cuando nos encontramos frente a un pobre, un marginado, o un pecador. Una compasión que se alimenta de la conciencia de que nosotros somos también pecadores.[2]

 

[1] Laudato sí ,Nº 6

[2]Andrea Tornielli, El nombre de Dios es misericordia

PARA AMAR Y SERVIR +

Hemos recibido el año anterior la misericordia de Dios, nos hemos sentido mirados y perdonados profundamente. Es por ello que en este tiempo, queremos renovar el compromiso de ser misericordiosos con los otros, amando y sirviendo aún más como lo hizo nuestra querida Madre. “Yo recojo a todos los que tienen necesidad y están heridos.”

Para Ana María no hay bandos, no hay clases, no hay distinciones. Todos, absolutamente todos tienen cabida en su corazón maternal, todos caben como cabemos en el corazón de Dios. La universalidad es un rasgo de su amor, el servicio desinteresado a todos sin importar a quién.

Esto se ve reflejado en la Positio que recoge las virtudes de la Beata :“(…) el núcleo de su espiritualidad: el misterio del amor de Dios manifestado en el proceder misericor­dioso de Jesucristo en favor de los hombres. La Sierva de Dios experimentó que Dios, en Cristo, era cercanía y salvación para todo aquel que pone su esperanza sólo en él y su vida se convirtió de este modo en transparencia y reflejo de la misma caridad divina en favor de los hombres.”[1]

 

[1] Positio Ana María Janer

Como janerianos, la imagen de la lámpara encendida siempre hace referencia a la caridad de la Madre Ana María. Caridad que se enciende con el aceite de la Fe y se expresa en la atención a los hermanos como el aceite del Buen Samaritano.

Caridad asumida según el Evangelio de Jesús: “…pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió.  Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino”[1] … caridad imitada en actitudes que actualizan la entrega y el servicio… “porque él, en su vida terrena, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal.  También hoy, como buen samaritano, se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza…”[2]

Caridad atenta, aceite siempre suficiente para la disponibilidad que irradia en su servicio a los que más la necesitan: “Ella es alma apóstol entre la muchedumbre de los hermanos hombres concretos, próximos, asequibles.  Cuando saldrá a la vera del camino de la fluencia humana miserable, llevará en el enfaldo de su hábito humilde la alcuza del aceite y el botijo del vino del buen samaritano.  Será el samaritano de la humano – divina Caridad.”[3]

Caridad vivida intensamente a lo largo de sus 84 años de vida al Servicio de Dios y de sus hermanos.  Caridad expresada a los 16 años en su Proyecto de Vida y  plasmada en los gestos y hechos a lo largo de su vida : “…no seré del mundo; mis fuerzas, mi bienestar, mi vida toda, sacrificaré al servicio de mi Dios en la persona de los pobrecitos enfermos, de los desvalidos, de la niñez, y si conviene procurarles los alivios corporales, cuidaré de ellos como una madre cariñosa; darles vida santa y moralidad, desarrollando sus facultades morales; enseñarles nuestra religión sacrosanta, instruirlos, hacerlos buenos cristianos y darle a Dios muchas almas, esto haré yo hasta llegar al sacrificio. Procuraré y practicaré, Dios mío, -decía- las virtudes religiosas; el silencio, la caridad para con mis hermanas, el sacrificio, la puntualidad, la santa pobreza; seré casta como un ángel, daré a Dios mi libertad, todo mi ser. Tú, Señor, me darás gracia para serte esposa fiel, que te ame mucho y te sirva en la persona de los enfermos, desvalidos. Tú en cambio, en su día me dirás: Entra, porque estuve enfermo y me socorriste; entra, porque tu lámpara siempre ardió ”[4]

“Desde pequeña Ana María tuvo la oportunidad de ir creciendo en la fe transmitida en el interior de la Iglesia. La incorporación a la familia de los bautizados en Cristo Jesús la iba a marcar de manera especial.[5]  Ese tesoro precioso de amor a Dios que ardía en el corazón de la madre Janer se convertía en tesoro de amor al prójimo en tanto que amado por el mismo Dios”.[6]

“La madre Janer se siente de tal modo amada por Dios que su respuesta no puede ser otra que la de amar al prójimo necesitado como ella es amada por el Señor…:

Amará como ella es amada por Dios a los enfer­mos apestados y desahuciados en los hospitales de Cervera y de La Seu d’Urgell.

– Amará como ella es amada por Dios a los comba­tientes moribundos liberales o carlistas, sin distinción de bandos, de la primera guerra carlista en los hospitales de campaña del Berguedá y del Solsonés.

– Amará como ella es amada por Dios a los huérfa­nos, jóvenes incapacitados y ancianos albergados en la Casa de Misericordia de Cervera y en el asilo de Sant Andreu de Palomar.

Amará como ella es amada por Dios a las niñas de los pueblecitos de la diócesis de Urgell a las que procu­rará una buena educación.

– Amará como ella es amada por Dios a los supe­riores eclesiásticos que parecen tener otros planes sobre su vida y su instituto.

– Amará como ella es amada por Dios a sus her­manas a lo largo de toda su vida religiosa, a pesar del olvido, siendo para ellas amiga, compañera y madre.”[7]

Reconocemos a “la Sierva de Dios, como mujer de una fe ardiente, de una esperanza firme y de una caridad solícita…: A Ana María la mueve sobre todo la urgencia del dolor de hoy”[8]: la llama que inspiró a esta Madre sigue ardiendo en nosotros y moviliza hoy a la familia janeriana que sale de sí a buscar nuevos sitios y formas de presencia de esa  fe y caridad, allí donde el  Señor nos llame.

[1] Lc. 10, 33-34ª

[2] Prefacio Común VIII, Jesús, Buen Samaritano

[3] Una monja y un siglo, M. Melendres, 1960, Pág. 254

[4] Cf. Isern, pp. 10-11

[5] Positio 2.1

[6] Positio, 4

[7] Positio, 4.1.1

[8] Cf. Positio 4.2.1

Esta palabra nos recuerda la invitación que San Juan Pablo II nos hiciera en su proyecto pastoral para el nuevo milenio: “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión”  nos decía “este es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza”….” ¿Qué significa esto en concreto?…”significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros….significa además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como “uno que me pertenece” , para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidad, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.

Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otros para acogerlo y valorarlos como regalo de Dios: un “don para mí”, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. ….”dar espacio” al hermano, llevando mutuamente las carga de los otros (cf. Gál. 6,29) sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión….[1]

La teología y la espiritualidad de la comunión aconsejan una escucha recíproca y eficaz[2]: El Papa Francisco cuando nos explica en la Evangeli Gaudium que todo el Pueblo de Dios anuncia el Evangelio,  nos dice que la Salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia[3].

Esta Salvación, que realiza Dios y anuncia gozosamente la Iglesia es para todos, y Dios ha gestado un camino para unirse a cada uno de los seres humanos de todos los tiempos. Ha elegido convocarlos como pueblo y no como seres aislados. Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. Dios no atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana. Este pueblo que Dios se ha elegido y convocado es la Iglesia. Jesús no dice a los Apóstoles que formen un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: “Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos”[4][5]

Carismas al servicio de la comunión evangelizadora:  El Espíritu Santo también enriquece a toda la Iglesia evangelizadora con distintos carismas …No son un patrimonio cerrado, entregado a un grupo para que lo custodie; más bien son regalos del Espíritu integrados en el cuerpo eclesial, atraídos hacia el centro que es Cristo, desde donde se encauzan en un impulso evangelizador. …

En la medida en que un carisma dirija mejor su mirada al corazón del Evangelio, más eclesial será su ejercicio. En la comunión, aunque duela, es donde un carisma se vuelve auténtica y misteriosamente fecundo. Si vive este desafío, la Iglesia puede ser un modelo para la paz en el mundo.

Las diferencias entre las personas y comunidades a veces son incómodas, pero el Espíritu Santo, que suscita esa diversidad, puede sacar de todo algo bueno y convertirlo en un dinamismo evangelizador que actúa por atracción. La diversidad tiene que ser siempre reconciliada con la ayuda del Espíritu Santo; sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad.

En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división y, por otra parte, cuando somos nosotros quienes queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Esto no ayuda a la misión de la Iglesia. [6]

Algunas expresiones de nuestra Beata Ana María Janer, nos comunican como vivió ella la comunión: “Cuide bien esas hermanas y a los desgraciados, que Dios es en cada uno de ellos”, “Yo recojo a todos los que tienen necesidad y están heridos” “Hermanas mías no quiero que desprecien a nadie, sean amables y simpáticas con todo el mundo, háganse todas para todos como Jesucristo nos lo enseña.”

Desde nuestro carisma hemos experimentado desde siempre la comunión, salir al encuentro del otro, ir más allá y es así como desde el año 2013 hemos podido evidenciar aún más este salir de nosotros mismo y encontrarnos provincialmente con el otro. La Misión Caridad sin Fronteras, viene a dar respuesta a constantes búsquedas y procesos de discernimientos. Es así como nos encontramos con dos ejes centrales de cómo vivimos esta comunión: por medio de la CARIDAD: porque toda misión es una expresión concreta de caridad.

Por medio de nuestros gestos y palabras, con nuestro servicio gratuito, acogedor y sin distinciones queremos ayudar a los destinatarios de nuestra misión a experimentar el amor que Dios tiene por cada uno. Y con este sentimiento que nuestra misión es SIN FRONTERAS: porque son acciones que no se limitan a un lugar físico-geográfico, no se circunscriben a una sola franja etaria, no se limitan a un solo tipo de servicio sino que están abiertas a todos y a cualquier lugar que pueda necesitar de este anuncio.

 

[1] Cfr. NMI 43

[2] NMI 44

[3] Cfr. EG112

[4] Mt. 28,19

[5] EG 113

[6] Cfr. EG 130-131

El encuentro con Jesús, es apasionante, y es así, porque nada sucede por casualidad. El Señor busca un nuevo lugar para dirigir su Palabra y lo hace desde la barca de Pedro,  Él no sube a cualquier barca, sino a la de Pedro, su amigo de confianza. Hoy somos nosotros, Familia Janeriana los amigos de confianza de Jesús, que nos atrevemos a echar en su nombre las redes.

Simón (Pedro) ya había compartido un tiempo con Él, de manera que a la invitación del Señor de ir mar adentro, en pleno día, el momento menos favorable para pescar –incluso un inexperto en la pesca lo sabe- y a la invitación de tirar nuevamente las redes después de una noche infructuosa, le lleva a exclamar con confianza: “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada”

¿Cómo puede un pescador experimentado responder, decir algo así, sabiendo que desde la lógica era imposible pescar algo? todo se encierra en ese “pero” inicial“Pero si tú lo dices…”

Hoy hay tiempo de pescar, de entrar en la barca, tiempo en que el Señor manda, entrando en ella, ¡Boga mar adentro! y ¡Echa la red! en la fe en Mi Palabra, a la derecha, pero es necesario oír la voz de Dios para ello, cuándo, dónde y con Él. Esta es la clave que nos enseña este Texto para encauzar nuestro trabajo pastoral: Pedro le indica al Señor que han estado toda la noche trabajando y no han pescado nada, pero el Maestro le da la instrucción de fe profética. Pedro había estado pescando sin la instrucción de Cristo, con sus medios, con sus formas, pero nos muestra el Señor que la gran pesca se hace cuando confiamos en el poder de Su Palabra, no en nuestro tiempo, sino en el Suyo, no con nuestro método y proyecto, sino en el Suyo, como y cuando Él nos lo indica. …Mas en Tu Nombre echaré la red… Señor.

No tardarían mucho en volver a pescar a su forma y no pescar nada, pues al final de Su ministerio, Jesús, una vez resucitado y antes de ascender al Padre, tiene que volver a enseñarle a Pedro, igual que lo hace hoy a nosotros Familia Janeriana, que volviera a subir a su barca y a echar la red a la derecha.

 

“REDES”

 Para alcanzar  el significado de las redes que Jesús nos invita a volver a lanzar en el mar de nuestro mundo a la Familia Janeriana, podemos recordar algunas de las palabras del encuentro del Papa Francisco con los obispos de Brasil: dónde nos afirma que, “Aparecida: clave de lectura para la misión de la Iglesia”

 En Aparecida, Dios ha ofrecido su propia Madre al Brasil. Pero Dios ha dado también en Aparecida una lección sobre sí mismo, sobre su forma de ser y de actuar. Una lección de esa humildad que pertenece a Dios como un rasgo esencial, y que está en el ADN de Dios.

En el origen del evento de Aparecida está la búsqueda de unos pobres pescadores. Mucha hambre y pocos recursos. La gente siempre necesita pan. Los hombres comienzan siempre por sus necesidades, también hoy.

Tienen una barca frágil, inadecuada; tienen redes viejas, tal vez también deterioradas, insuficientes.

En primer lugar aparece el esfuerzo, quizás el cansancio de la pesca, y, sin embargo, el resultado es escaso: un revés, un fracaso. A pesar del sacrificio, las redes están vacías.

Después, cuando Dios quiere, él mismo aparece en su misterio. Las aguas son profundas y, sin embargo, siempre esconden la posibilidad de Dios; y él llegó por sorpresa, quizás cuando ya no se lo esperaba. Siempre se pone a prueba la paciencia de los que le esperan. Y Dios llegó de un modo nuevo, porque siempre Dios es sorpresa: una imagen de frágil arcilla, ennegrecida por las aguas del río, y también envejecida por el tiempo. Dios aparece siempre con aspecto de pequeñez.

Así apareció entonces la imagen de la Inmaculada Concepción. Primero el cuerpo, luego la cabeza, después cuerpo y cabeza juntos: unidad. Lo que estaba separado recobra la unidad. …En Aparecida, desde el principio, Dios nos da un mensaje de recomposición de lo que está separado, de reunión de lo que está dividido. Los muros, barrancos y distancias, que también hoy existen, están destinados a desaparecer. La Iglesia no puede desatender esta lección: ser instrumento de reconciliación.

Los pescadores no tiran las partes del misterio. Esperan la plenitud. Y ésta no tarda en llegar. Hay algo sabio que hemos de aprender. Hay piezas de un misterio, como partes de un mosaico, que vamos encontrando. Nosotros queremos ver el todo con demasiada prisa, mientras que Dios se hace ver poco a poco. También la Iglesia debe aprender esta espera.

 Después, los pescadores llevan a casa el misterio. La gente sencilla siempre tiene espacio para albergar el misterio. Tal vez hemos reducido nuestro hablar del misterio a una explicación racional; pero en la gente, el misterio entra por el corazón. En la casa de los pobres, Dios siempre encuentra sitio.

 Hay mucho que aprender de esta actitud de los pescadores. Una iglesia que da espacio al misterio de Dios; una iglesia que alberga en sí misma este misterio, de manera que pueda maravillar a la gente, atraerla. Sólo la belleza de Dios puede atraer. El camino de Dios es el de la atracción. A Dios, uno se lo lleva a casa. Él despierta en el hombre el deseo de tenerlo en su propia vida, en su propio hogar, en el propio corazón. Él despierta en nosotros el deseo de llamar a los vecinos para dar a conocer su belleza.

La misión nace precisamente de este hechizo divino, de este estupor del encuentro. Hablamos de la misión, de Iglesia misionera. Pienso en los pescadores que llaman a sus vecinos para que vean el misterio de la Virgen. Sin la sencillez de su actitud, nuestra misión está condenada al fracaso.

Las redes de la Iglesia son frágiles, quizás remendadas; la barca de la Iglesia no tiene la potencia de los grandes transatlánticos que surcan los océanos. Y, sin embargo, Dios quiere manifestarse precisamente a través de nuestros medios, medios pobres, porque siempre es él quien actúa.

Queridos hermanos, el resultado del trabajo pastoral no se basa en la riqueza de los recursos, sino en la creatividad del amor. Ciertamente es necesaria la tenacidad, el esfuerzo, el trabajo, la planificación, la organización, pero hay que saber ante todo que la fuerza de la Iglesia no reside en sí misma sino que está escondida en las aguas profundas de Dios, en las que ella está llamada a echar las redes.

La barca nos espera…

El Reino pasa bajo las aguas, como  el pez…

Las redes, aunque pobres y gastadas están ansiosas de lanzarse al mar de la historia… Nos esperan nuevamente 153 peces[1], es decir, la totalidad del mundo. Y contamos con una certeza: aunque muchos peces, las redes resistirán, no se romperán.

Sólo nos queda tomar la decisión: escuchar la voz  de nuestro gran Jefe y Pastor: Jesús resucitado, que por medio del Papa Francisco, nos reitera una y otra vez: ¡salgamos!

 Recordemos una vez más su invitación: La Iglesia «en salida» es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido.

Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad.

La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Uno de los signos concretos de esa apertura es tener templos con las puertas abiertas en todas partes. De ese modo, si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas. Pero hay otras puertas que tampoco se deben cerrar. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad, y tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera. Esto vale sobre todo cuando se trata de ese sacramento que es «la puerta», el Bautismo. La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles.[2]

Estas convicciones también tienen consecuencias pastorales que estamos llamados a considerar con prudencia y audacia. A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas.

Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin excepciones. Pero ¿a quiénes debería privilegiar?

Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que «no tienen con qué recompensarte»[3]. No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, «los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio»[4], y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos.

Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos.

Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!»[5]

Estamos invitados a la misión… ¿aceptamos el desafío?

La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar…

Para compartir la vida con la gente y entregarnos generosamente, necesitamos reconocer también que cada persona es digna de nuestra entrega.

Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres! 

 

[1] Cfr. Jn. 21,11

[2] Cfr. EG. 51

[3] Lc14,14

[4] Cfr. E 52

[5] Mc. 6,37